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Historia y significado
  Un día de locos
 

Un día en el que no reina el juicio ni la prudencia.

Antiguamente se rendía culto a la Primavera y la renovación de las fuerzas de la Naturaleza y a sus dioses paganos haciendo desfilar por la ciudad un cortejo de enmascarados que representaban seres fantásticos y animales del bosque.
En París, esta celebración convocaba a grandes multitudes de hombres y mujeres que, vestidos con trajes muy coloridos y máscaras, vagaban en alegre procesión por las calles. En todos lados se realizaban espectáculos y en las fuentes se distribuía vino gratis. Uno de los momentos más importantes era la elección del rey o papa de los locos, el cual, una vez elegido, era llevado en andas cual monarca en su carroza. Con gestos como estos se ponía en práctica el objetivo de la fiesta: romper, aunque fuera de manera simbólica, con el orden establecido, entregándose masivamente a un catártico descontrol.
Víctor Hugo da cuenta de esta fiesta en un fragmento de su obra Nuestra Señora de París: "Lo que soliviantaba a todo el pueblo de París, el día 6 de enero, era una doble solemnidad: la del día de los Reyes y la de la Fiesta de los Locos, que se celebraban simultáneamente desde tiempo inmemorial".
Aunque la celebración sea antigua y lejana, cualquiera podría trasladar la representación de esta fiesta a la vida cotidiana en Buenos Aires. En la ciudad porteña, y en un día cualquiera, todo puede salirse de lugar. Los avatares del tránsito de vehículos, las protestas populares o hasta la lluvia suelen bastar para que la fiesta de los locos sea completa.